contrasts | trío musicalis | Ibs classical 2019

Las piezas que conforman el presente disco no solamente son el resultado de diez años de trabajo conjunto por parte del Trío Musicalis, así como su propuesta interpretativa propia y madurada; se trata de la asunción del reto de abordar las cinco obras “fundamentales” del repertorio para violín, clarinete y piano. Por supuesto, se podría hablar de otras obras ampliamente interpretadas y de gran calidad artística, pero la autoría de la mismas (cinco grandes nombres de la Música del siglo XX) nos permite dar crédito a esta opinión. 

Además, resulta de enorme interés observar cómo, pese a que las cinco piezas fueron compuestas con tan solo 20 años de diferencia (entre 1919 y 1938, exactamente el periodo de entreguerras), corresponden a cinco estilos totalmente diferentes, sirviendo de espléndido resumen de lo ocurrido en la historia del arte durante dicha época.

En la descripción de las piezas se añade, además de un brevísimo bosquejo de la historia particular de cada una (una información a la que hoy en día es sencillo acceder), un resumen de los “retos”, intereses u objetivos que dichas piezas han marcado para el Trío a lo largo de su devenir como grupo; porque en función de estos objetivos se definen también los resultados obtenidos.

La Historia del Soldado (1919), traducción literal de su título original en francés, L’Histoire du soldat, del compositor Igor Stravinsky, es la Suite arreglada por el propio autor de su obra homónima, concebida originalmente para tres actores y siete instrumentos, y basada en los textos de Ch.F. Ramuz. De argumento nítidamente “faustiano” (con la aparición constante del diablo y la capacidad de elección del hombre) y compuesta en la denominada por el propio Stravinsky “la peor etapa” de su vida, se convierte en un alegato contra la guerra que, musicalmente, ejemplifica a la perfección el estilo del compositor: el uso constante de los cambios rítmicos y la combinación de melodías y ritmos populares (incluyendo tangos, rag-times o valses) con sus propios planteamientos estéticos.

La dificultad musical estriba, pues, en la concepción estricta de un ritmo continuamente variable, así como en la “traducción” fiel de septeto a trío, pese a que el septeto incluía instrumentos como percusión o trompeta, de timbres obviamente ajenos a la formación de clarinete, violín y piano.

El Adagio (1925)de Alban Berg es también un arreglo que el compositor realizó en 1935 del segundo movimiento de su célebre Concierto de Cámara, y posee toda la dificultad que la música dodecafónica representa para cualquier intérprete, añadiendo la muy compleja imitación del ensemble de vientos (13 instrumentos) por parte de piano y clarinete, acompañando el carácter más solista del violín. Además, destacar los temas principales, que van sucediéndose en el orden original hasta la mitad de la pieza y de forma retragradada hasta el final, formando un genial palíndromo musical, e incluso conseguir que el oyente reconozca secciones de dicho palíndromo, es otro de los retos. 

El Trío (1932) de Aram Kachaturian hunde sus raíces en el folclore para trascenderlo y crear una obra de enorme fuerza expresiva. El autor hace un despliegue de recursos compositivos: utiliza melodías populares armenias que combina con contrapuntos arabescos (primer movimiento), o un tema popular de Uzbekistán (tercer movimiento) en forma de tema y 9 variaciones. 

Pese a que no es la obra técnicamente más exigente, la agrupación ha tenido siempre un respeto especial hacia ella, ya que es muy complejo concebir una versión, desde una educación occidental (y una estructura clásica), que respete por otra parte la multiculturalidad y características particulares del folclore que guiaron a Khachaturian: Georgia, Armenia, Uzbekistán o Azerbayán.

La Suite para trío (1936) de Darius Milhaud, por otra parte, supone un contrapunto curioso, ya que en realidad fue concebida como música incidental para una obra de teatro, cuyo paso al cine dotó de gran renombre a su autor: Le voyageur sans bagage, de Jean Anouilh (El viajero sin equipaje, que ha tenido numerosas adaptaciones al teatro en España, y remakes más o menos fieles en el cine). Por tanto, se trata de la sucesión de una serie compuesta de obertura, interludios y final, destinada a dicha representación. Cabe decir que el estreno de la obra teatral, en aquella época convulsa, ni siquiera pudo realizarse con la música de Mihaud (debido a su origen judío), siendo sustituida por música de F. Poulenc.

En este caso, el trabajo está más destinado a conocer la “historia” de la pieza, y sobre todo a dotar la aparente sencillez de esta música de todo el significado que la misma pretende sugerir de forma implícita.

Finalmente, es en Contrastes (1938) de Bela Bartok donde encontramos una de las obras cumbre de la música de cámara en general, y posiblemente de esta formación en particular. Destinada a ser interpretada por el gran J. Szigeti al violín, el propio B. Bartok al piano y un inmortal Benny Goodman al clarinete, encontramos Contrastes por todas partes: danzas de reclutamiento militar (Verbunkos, 1º movimiento) con danzas populares (3º movimiento). Ritmos frenéticos con momentos donde el tempo desaparece (2º movimiento), y momentos de virtuosismo técnico exacerbado con secciones de altísima y delicada expresión musical. 

Es difícil en estos casos re-crear algo de forma original, con la gran cantidad de versiones existentes, ya que supone todo un monumento a la música clásica; por ello, el Trío Musicalis le ha dedicado y dedica la práctica totalidad de su trayectoria como grupo, y ha querido aportar su propia fundamentación estética para interpretarla en todas sus posibles acepciones (desde la “interpretación” fiel de lo escrito en la partitura, pasando por la “interpretación” de lo que quiso crear el autor, hasta la “interpretación” subjetiva y propia del trío como conjunto de individualidades que componen un todo mayor que la suma de las partes).

Por esta razón, también, le dedica el nombre del presente disco.

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